Fotos de graduación

SI LO CREES, LO CREAS

Tengo tantas ganas de experimentar, disfrutar y evolucionar que, desde los inicios de Late mi Lente, tuve claro que no quería centrarme en ninguna rama concreta de la fotografía. No por ahora.

Y así, tan pronto me veo tiritando en mitad del monte, esperando la cabeza de una carrera ciclista, como acunando a un dulce bebé para las primeras fotos de su vida, como ‘masticando’ arroz a las puertas de una iglesia entre gritos de ¡vivan los novios! O tratando de captar el momento álgido de una sesión de hipopresivos. Y… me encanta.

En principio, hacer las fotos de una graduación infantil no tiene demasiada complicación. Tan solo había que fijar una fecha, idear un fondo, estudiar la iluminación adecuada… y hacerlas. Sin más.

Pero… si te dicen “lo que queremos es que tengan tu estilo”, sientes que hay que poner el alma. Y ya nada te vale. Y rebuscas, y piensas, y… hasta te asustas un poco. Porque en unas fotos de graduación, con fondo y luz artificial, en un formato único para todos, ¿qué sello puedes poner?

El día que visité el centro, tuve la respuesta.

“Os presento a Isabel, es fotógrafa y va a venir a haceros las fotos de la graduación”. Aquellos niños, de cinco años, me miraban con admiración. Repasé sus caras; sobre todo porque no me quitaban la vista de encima ni un instante. Y vi en ellos el sueño de cualquier retratista. Eran en verdad únicos. En serio, cada uno de ellos, maravilloso.

Volví a casa eufórica. Por fin tenía claro lo que tenía que hacer: reflejar su esencia, su personalidad. Estudiaría sus gestos, les daría confianza para sacar lo mejor de cada uno. Me tomaría tiempo para cada foto.

Dado que eran de estaturas muy dispares, me hice con un taburete giratorio, de base telescópica. De ese modo, lo adaptaría de forma individual. El fondo sería blanco, para destacar el polo oscuro que llevarían. Y combinaría la luz natural frontal de la ventana de la biblioteca, con un flash rebotado al techo.

El día llegó especialmente rápido; los nervios me acompañaban en el trayecto en coche. “Si lo crees, lo creas”, me repetía, como suelo hacer cuando me asalta alguna duda. “Si lo crees, lo creas”.

Pedí media hora para instalarme en la biblioteca, según lo acordado con el director. Además de todo lo técnicamente previsto, coloqué un recipiente comercial con caramelos en tonos rojos, rosas y fucsias, para que recogiesen al terminar a modo de premio.

No tengo palabras para describir cómo vinieron los niños a la sala. Con qué cuidado y esmero habían sido peinados en sus casas; con cuánta expectación entraban y con qué agradecimiento me miraban.

Fue todo tan fácil… “¿Cómo te llamas? ¿Te gusta que te hagan fotos? ¿Me enseñas ese lazo?”. Sonreían felices, me contaban cosas. Alguno, hasta quería salir guiñando el ojo. Ellos con gomina; ellas con lazos y pinzas preciosas. Era un día importante, el día de las fotos.

De vuelta a casa, con la tarjeta y el corazón llenos de imágenes únicas, medité ampliamente en lo que había experimentado:

  • La ocasión había sido importante para aquellos niños; y para mí.
  • Esas fotos perdurarían en el tiempo.
  • Somos seres únicos, y de niños tenemos la esencia de la misma vida en nuestro rostro.
  • Si lo crees… “Si lo crees, lo creas”.

Gracias, Gemma, por confiar en mí.

Y qué honor fotografiaros.

 

 

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